lunes, julio 12, 2010

Cosas para recordar

Conforme van pasando los años voy descubriendo que la amistad verdadera es una de las formas más puras de amor. Y es precisamente esa pureza la mayor de sus fortalezas y también su mayor debilidad.

Yo empecé muy tarde a tener amigos, y eso me hizo valorar la amistad mucho más que la media general del personal con el que me he ido encontrando. Con mis primeras amistades vinieron las primeras traiciones y también los primeros desamores, pero hubo algunas que sobrevivieron y crecieron. Algunas incluso se hicieron más profundas y hundieron sus raices en la tierra. Después mi mundo se ensanchó y pude aprender más cosas, ver que las personas no somos monolíticas, y explorar el inmenso y enmadejado mundo de las relaciones humanas como un explorador por la selva. Sólo que yo nunca llevé machete, pero es igual, nunca me ha hecho falta.

Decir que las relaciones humanas son complicadas resulta algo banal a estos alturas. Pero me da lo mismo: las relaciones humanas SON complicadas del carajo, y las de amistad lo son más todavía. De hecho la complejidad es tan grande que a veces uno no puede evitar perder el norte de vez en cuando. Es este el momento en que este explorador que escribe deja su mochila al lado de un árbol, se sienta, y se pone a recordar lo que le ha llevado ahí.

Ganas de agradar desde luego, ese fue mi punto de partida. Y cuando me di cuenta de que tenía capacidad para hacer que las personas de mi alrededor se sintiesen mejor simplemente escuchando con atención lo que tuvieran que decir, eso es lo que hice. Escuché y aprendí muchas cosas. ¿Qué hice con las cosas aprendidas? Algunas las olvidé porque uno no puede recordar todo, pero otras las integré y aún ahora forman parte de mi conducta. Poco a poco me fui sintiendo más seguro de mí mismo, lo bastante como para empezar a seleccionar con quién quería estar. Mis círculos se fueron reduciendo y luego dejaron de ser círculos. Ahora son personas, y no demasiadas, las que están cerca. A la mayoría las conozco desde hace más de cinco años y eso me ha permitido ver su evolución y también la mía. Los amigos muchas veces actúan como espejos. Ésta es una enseñanza importante.

No todas las personas que he conocido me han resultado interesantes pero siempre he pensado que todas ellas tenían algo que decir, y me he esforzado porque me lo dijeran. Un esfuerzo que siempre se ha reducido a sentarme delante de ellos y escuchar con toda mi atención. Nunca ha hecho falta nada más y está bien que así haya sido; las personas quieren hablar y que se las escuche. Ahora es diferente porque mi atención está más dividida y porque creo conocer algunas historias que me cuentan. Craso error, porque la historia siempre es tanto el contador como lo que cuenta. ¿Acaso tal vez no sea mi atención sino mi interés por las cosas nuevas el que va decayendo poco a poco? Es posible, pero eso es aún peor. No estoy tan receptivo como antes.

Bien, tengo dos opciones: intentar volver a estar receptivo porque creo que es bueno y fructífero, o bien seguir por esta linea de progresiva reducción de personas a mi alrededor, lo que me dará tranquilidad. Volver a la anterior bifurcación o seguir por aquí.

Menos mal que el camino es la meta en sí mismo porque si no no podría dormir XD

Sí. Conforme van pasando los años voy descubriendo que la amistad verdadera es una de las formas más puras de amor. Y es precisamente esa pureza la mayor de sus fortalezas y también su mayor debilidad.

miércoles, junio 16, 2010

La UCM: Crisis financiera pero ¡que no se mueva nadie que hoy juega la Selección!

Esta va a ser una entrada corta porque realmente hay poco que añadir al siguiente hecho: hoy en el salón de actos del Centro de Proceso de Datos de la UCM se va a visionar en el proyector el partido de la selección española contra Suiza.

Tócate las narices Mariloli...
Y luego nos extrañamos de que los trabajadores del estado tengamos la imagen que tenemos.

La UCM. 150 millones de euros de deuda que se van a costear en parte cediendo el edificio del Vasco de Quiroga y vendiendo terrenos pertenecientes a la facultad, despidiendo gente del PAS y del PDI, eliminando complementos, cerrando facultades en verano para ahorrar... pero tranquilos chicos que el partido de la selección lo vemos aquí.

Qué tropa, joder qué tropa.

viernes, junio 11, 2010

... Y entonces ella dijo que teníamos que montarle la rueda a la moto

La mente humana es increible. No, en serio, a veces tiene unas cosas para despepitarlo a uno. Como ejemplo: años ha una amiga me pregunta que qué tal ha ido el día en el curro y yo, que me debí quedar dormido en el sofá cinco segundos antes, voy le contesto algo parecido a "mgflshpfhprarunaalabarda". Que nadie me pregunte qué quise decir con aquello; no me acuerdo de nada. Nunca he sentido especial predilección por las alabardas, y además no cabría en ninguna de las casas que he habitado, así que no tengo explicación racional para aquella respuesta.

Y es que anoche me sucedió algo parecido, pero desde el otro lado. Perséfone se había quedado dormida dulcemente y yo estaba a un tris de hacer lo mismo cuando de repente el móvil de mi dama se queja y a continuación su batería muere. En ese momento ella se da la vuelta con los ojos cerrados y pronuncia clara y concisamente: "Te lo dije, que teníamos que haber montado la rueda a la moto". Yo, medio dormido como estaba, tardo unos segundos de estupor en procesar la información, pasados los cuales acierto a decir (por aquello de a ver qué contestaba): "Ya. La rueda de la moto, ¿eh?". Y ella, todo convencida, va y contesta: "Pues claro hombre, la rueda de la moto".

Yo entiendo perfectamente que es recomendable montarle las ruedas a las motocicletas; una moto sin ruedas es algo así como la economía española, que no anda a menos que la arrastren. Pero es que cuando tuvo lugar esta conversación pasaban las doce de la noche y francamente, no eran horas de ponerse a montarla, que digo yo que la rueda y la moto podían perfectamente esperar a la mañana, leñe. Encima, aún siendo ya 41 de Mayo, hacía bastante rasca fuera y no me apetecía nada enfundarme el mono, sacar la llave inglesa y liarme a montarle la rueda a la dichosa moto. Veo mal con poca luz y lo mismo acababa montándole la rueda al wannabe tunero que tenemos por vecino, el del 307 negro con la pegatina de Jimmy, en vez de a nuestra sufrida dos ruedas.

Ante tal avalancha de sentido común decidí no responderle y aguardar esperanzado a que cuando ella se levantase hubiera olvidado tan peregrina idea. Funcionó. Ni siquiera se acordaba de haber tenido la conversación. Afortunadamente, porque mi dama, bendita sea, cuando está convencida de algo es de las de ideas fijas, y yo sabía que el hecho de que ninguno de los dos tuviéramos moto no lo consideraría una traba. Así que ya me veía yendo lloroso al banco y luego al concesionario. Y luego, cuando los colegas me preguntasen que por qué me había decidido a adquirir una moto, yo estaría preparado para responderles de todo menos la verdad, que el respeto está muy caro y uno no está para arriesgarlo de esa manera.

lunes, junio 07, 2010

¿Y a cambio los romanos qué nos han dado?


(Silencio hasta que uno responde...)
"El acueducto."
"¿Qué?"
"El acueducto."
"Ah... si si, eso sí nos lo han dado, eso es cierto, sí..."
"Y el alcantarillado."
"Ah sí, el alcantarillado, ¿te acuerdas cómo olía antes la ciudad?"
"Sí, de acuerdo, reconozco que el acueducto y el alcantarillado nos los han dado los romanos."
"¡Y las carreteras!"
"Evidentemente las carreteras, eso no hay ni que mencionarlo hombre. Pero aparte del alcantarillado, el acueducto y las carreteras..."
"La irrigación."
"La sanidad."
"La enseñanza..."
"Sí sí, de acuerdo, de acuerdo..."
"¡Y el vino!"
"¡Cierto cierto, el vino, por supuesto...!"
(coro de asentimiento y aprobación generalizados)
"Sí, eso sí que lo vamos a echar de menos si se van los romanos, Reg."
"Y los baños públicos..."
"Y ahora se puede salir de noche sin peligro Reg."
"Sí, saben como imponer la ley y el orden. La verdad es que son los únicos que han sabido imponerla."
(carcajadas)
"Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos... ¿Qué han hecho los romanos por nosotros?"
"Nos han dado la paz."
"¿La paz? ¡Que te f**** un pez!"


Para quien quiera ver la escena en video:
http://www.youtube.com/watch?v=zEkb1XDgWlw
Esta escena de la película "La vida de Brian" es para quitarse el sombrero. La pondría en los institutos. Y en los colegios. Y en las universidades. Y en los casinos. Y en todas partes.

Continuando con el tema de la entrada anterior, vamos a ver algunos aspectos del Imperio Romano acerca de la integración y civilización de las zonas conquistadas. Dejando aparte que La vida de Brian es una película increiblemente buena y maravillosamente descacharrante, esa escena resume admirablemente en qué consistía la llamada romanización.
Dice A.E.J Morris en su Historia de la forma urbana: "Los romanos eran plenamente conscientes de que intentar dominar los territorios recién adquiridos mediante el mero empleo de la fuerza podía dar lugar a una continua guerra de guerrillas que distraería a las legiones de su misión de ensanchar y mantener las fronteras imperiales, perjudicando además el desarrollo del comercio. Por esta razón la población autóctona debía ser integrada en el imperio bajo condiciones ventajosas; ello se logró, explica R.G. Collingwood, equiparando romanización a urbanización. Los núcleos tribales, que solían ser poco más que aldeas toscamente ensambladas, fueron urbanizados de nuevo como ciudades romanas de diversas categorías y los miembros más destacados de las tribus, con grados variables de entusiasmo, eran invitados a compartir las ventajas de la cultura urbana romana y de sus perspectivas comerciales."(1)

Morris, estando en lo cierto, no ofrece una perspectiva completa del asunto; en parte fruto de Julio César y sus Comentarios a la Guerra de las Galias, y gracias a determinados títulos de cine (Gladiator), de TV (Roma) o de comic (Astérix), se tiene por lo general una imagen de las legiones romanas combatiendo solamente contra hordas de sanguinarios celtas, de belicosos partos o de salvajes germanos; en definitiva contra colectivos con un nivel sociocultural mucho Estos celtas van a aprender por las buenas o por las malasmenos elevado que sus invasores latinos. Pero la verdad es que los romanos se encontraron con bastantes núcleos civilizados en la conquista de la cuenca mediterránea: las cultas ciudades griegas del Peloponeso, la baja Italia y Sicilia, las populosas colonias comerciantes fenicias, la poderosa Cartago, o los ya por entonces milenarios asentamientos egipcios en el delta y a lo largo del Nilo. Su aproximación a ellos varió bastante según época y lugar, oscilando entre la conquista militar y completa destrucción del lugar, caso de Cartago, o el comparativamente pacífico protectorado de Egipto. Sin embargo siempre hubo una serie de componentes comunes en la consolidación de los territorios conquistados, todos ellos vinculados al concepto, evolucionado a partir de la polis griega, de Provincia Romana.

Antes de meternos con ellos, echemos un vistazo a las categorías que tenía una ciudad en el imperio. En las provincias romanas coexistían cuatro tipo de asentamiento según su rango jurídico:

- Civitas: Estas ciudades eran centros administrativos y mercantiles de importancia, y sus ciudadanos eran romanos de pleno derecho. Habitualmente coincidían con asentamientos ya establecidos antes de la romanización, aunque también habían casos de civitates de nueva fundación, las Coloniae, habitualmente costeras, y fundadas por colonos o veteranos militares utilizando la base de un campamento militar o castra (ver más abajo).

- Municipium: Estas ciudades, que podían alcanzar tamaño e importancia similares a las civitates, compartían sólo en parte los derechos del ciudadano romano. Por contra tenían más independencia que aquellas. Un ejemplo es la York romana, el más importante (aunque no el más grande) municipium de los cuatro identificados como tales en Britania.

- Ciudad aliada: Ciudades sin instituciones romanas, con sus propios sistemas de gobierno y recaudación de impuestos.

- Ciudad sometida: Ciudades bajo ley marcial.

Aunque parezca de perogrullo, es necesario apuntar que dentro del imperio romano la ciudadanía estaba condicionada a la pertenencia a una ciudad determinada. El sistema de censos regulaba esta pertenencia con notable eficacia, y gracias a ellos y al impulso que recibieron de distintos emperadores, podemos estudiar la demografía romana y hacernos una idea de la importancia que tenían los censos en la vida urbana de las provincias. Viendo esto es evidente pues que era de la ciudad de la que emanaban los derechos y deberes de los ciudadanos, y que era en ella donde se desarrollaba toda la actividad administrativa, cultural, artística y mercantil. Era en definitiva la unidad básica del imperio.

Las famosas carreteras de las que hablaba el viejo Matías en la escena que abre esta entrada merecen una mención especial. La red de calzadas romanas unían las ciudades entre sí y llegaban a los lugares más recónditos y alejados. Eran utilizadas por correos imperiales, comerciantes,Los hortelanos del apio montaban los tenderetes en esta vía ciudadanos y soldados. Haciendo un símil podríamos decir que la sangre del imperio corría por las arterias que eran las calzadas (Vía Appia en la imagen derecha).

Hago mención de ellas porque me parece un buen punto de partida para estudiar el proceso de romanización. Cuando una provincia era incorporada al imperio, aquella entraba en contacto con el resto de provincias. Esto hacía posible el comienzo de un flujo migratorio al principio y comercial después. En caso de haber asentamientos importantes, éstos comenzaban un rápido proceso de reconstrucción e incorporación de estructuras que mejoraban la calidad de vida de sus habitantes: alcantarillado, irrigación, baños públicos, escuelas, etc. Al mismo tiempo la élite política del lugar era introducida en las maravillas de la vida romana, y con el tiempo el resto de los habitantes seguía el mismo camino. Urbanísticamente hablando, la planificación de nuevas zonas se hizo utilizando la clásica distribución en retícula, basada en gran parte en la distribución del castra, el cual fue basamento para un gran número de ciudades en toda europa. Sus elementos clave eran, como en la propia Roma, el foro (evolucionado del ágora de las polis griegas), las zonas públicas de recreo (baños y gimnasios) y ocio (teatros y anfiteatros) y las vías. En el caso de estas últimas hay dos que merece la pena destacar por su importancia: en los campamentos de legionarios (y en las ciudades a las que dieron origen) existían las vías ortogonales del decumano (eje este-oeste) y cardo (norte-sur), que dividían el campamento en cuatro sectores. El foro solía estar situado cerca de la intersección de las dos vías. Los templos, dedicados tanto a los dioses romanos como a las deidades locales (algunas identificadas y fusionadas con otras deidades romanas ya existentes, y otras directamente incorporadas al panteón) facilitaban la continuación del misticismo local, ya integrado en la vida ciudadana. La paz, la seguridad y las nuevas perspectivas comerciales convirtieron a los pobladores en una cada vez más pujante clase media con una vida pública activa, y las viviendas evolucionaron en consecuencia: la cabaña mutó en Domus en el caso de ciudadanos con gran poder adquisitivo, o en Insula de varios pisos habitada en régimen de propiedad o arriendo. Así se fueron dibujando las nuevas ciudades romanas.

Hagamos un inciso para hablar de Roma, dado que el proceso de urbanismo en las provincias era en realidad un intento de crear una pequeña copia de la ciudad madre de los romanos en cada asentamiento, tanto si éste era antiguo como si se trataba de una colonia nueva. Roma era el alma del imperio e inspiración para los nuevos colonos. Sin embargo, aún siendo magnífico, el enclave urbano de la Roma imperial tenía grandes problemas urbanísticos y demográficos fruto de su crecimiento desmesurado y de las peculiares condiciones del terreno donde se asentaba. Los valles y hondonadas entre las siete colinas constituían un marjarl cuyo drenaje y eliminación fue un problema desde el principio y que costó ingentes cantidades de esfuerzo a los urbanistas romanos. El sistema de alcantarillado data de esta primera época y constituye un primer intento de canalización y control de aguas residuales. A ras de superficie al principio, con el tiempo quedó enterrado bajo la nueva ciudad y nunca pudo ser modificado para adaptarlo a las nuevas y crecientes necesidades. Algo parecido acaeció en la superficie, cuando los primitivos asentamientos en las colinas del Capitolio y Palatino se extendieron a sus vecinas del Quirinal, Viminal, Celio, Aventino y Esquilino. El crecimiento de la primitiva Roma fue básicamente orgánico, y una vez establecido el trazado pudo ser modificado sólo en contadas ocasiones, como los años posteriores al gran incendio en tiempos de Nerón. Esto dificultó, entre otras cosas, la planificación del trazado de los acueductos y por tanto la dotación de agua corriente a todas las zonas de la ciudad.

A pesar de todo lo anterior, Roma fue la musa inspiradora de los urbanistas y planificadores romanos durante toda la historia del imperio, y la leyenda de su magnificencia ha llegado hasta nuestros días.

Siguiendo con las provincias, los romanos aprendieron de los errores y las nuevas ciudades crecieron y prosperaron. Puestas en contacto por las calzadas, protegidas por las legiones y por las cada vez más lejas fronteras, el comercio floreció entre ellas y sus habitantes ganaron poder adquisitivo y dejaron de preocuparse por la supervivencia. La cultura y el ocio se convirtieron en comunes. El proceso de romanización siguió su caminar tanto a nivel local como a nivel global, y la Pax Romana se asentó durante dos siglos, el período de paz más largo conocido jamás por las regiones la cuenca mediterránea.

Hemos visto pues que la ciudad romana fue el instrumento mediante el cual una gran cantidad de personas conocieron la civilización y la cultura y con el tiempo se convirtieron en ciudadanos. Esta huella es profunda, tanto que durante toda la historia posterior se ha evocado el nombre de Roma como sinónimo de paz y prosperidad. Que el término "civilización" tenga la misma raiz que "civitas" no es una casualidad.




1. A.E.J. Morris, Historia de la forma urbana, Ed. Gustavo Gili SL, 1ª edición 2007, p. 59.

jueves, mayo 27, 2010

¿Son ciudadanos todos los habitantes de una ciudad?


Pensando en mis definiciones de ciudad y de ciudadano que puse en la entrada anterior, me ha surgido una duda más que razonable. Hablando de las características que definen al ciudadano sugerí que la participación de éste en la vida de la ciudad no tenía por qué ser activa; Creo que esta afirmación es correcta, pero con ella va incluido el supuesto de que el ciudadano cuenta con esa capacidad de participación, y después me he dado cuenta de que he hecho la errónea asunción de que eso se cumple para el cien por cien de los habitantes de la ciudad. Por desgracia no es así.

Hagamos una pequeña escala para definir lo que es la vida ciudadana o urbana: la vida urbana comprende todas aquellas actividades culturales, artísticas, comerciales, sociales, industriales, artesanas y políticas que tienen lugar dentro de la ciudad y que implican intercambio de bienes entre los ciudadanos, incluidos el desempeño de oficios y las actividades de ocio.

Recordando que habíamos definido al ciudadano o ciudadana como alguien cuya vida cívica transcurre entre su vertiente pública y su vertiente privada, se deduce que la vida ciudadana tiene igualmente un componente público que encontramos en sus calles, sus plazas, sus comercios, sus lugares de esparcimiento, etc. Sin embargo hay que hacer notar que siempre han existido, y aún hoy perduran, colectivos enteros que no participan de esa vertiente pública de la vida urbana.

Hagamos trabajar la máquina del tiempo hacia atrás y vayamos (de nuevo) a la Atenas de Pericles. Resulta seductor verla altiva y orgullosa, ejemplo del culmen de la democracia y la vida cívica. Pero tal imagen se va empañando al echar un vistazo más cercano y comprobar que el porcentaje de ciudadanos de pleno derecho no llegaba ni al tercio total de habitantes, dado que ni las mujeres ni los esclavos gozaban de la parte pública de la vida ciudadana, sino que se circunscribían a un ámbito estrictamente privado, de puertas para dentro. No contaban con capacidad de votar ni de expresar legalmente sus opiniones, tenían prohibido o restringido el acceso a ciertos espacios públicos como los gimnasios, y carecían de entidad jurídica.
Otros muchos ejemplos igualmente clarificadores nos muestran que estos dos grandes y sufridos colectivos han sido tradicionalmente apartados de la vida pública a lo largo de la historia, sea por ley humana (República e Imperio Romanos), divina (Islam) o imperativo de costumbre (Europa occidental).

Esta antigua tendencia ha llegado a su fin en la civilización occidental, donde por fin las mujeres cuentan con los mismos derechos y libertades que los hombres, y donde nadie puede ser legalmente dueño de otro. Pero en las ciudades contemporáneas, incluso las occidentales, paradigma de las libertades y conquistas sociales, siguen existiendo colectivos minoritarios marginados, apartados de la vida ciudadana.
Los guetos existentes en ciertas metrópolis representan esto claramente. La población de estos barrios deprimidos suele tener un procentaje muy elevado de inmigrantes, muchos de los cuales no tienen acceso a un trabajo por carecer de documentación legal o medios para conseguirla. Esto hace aumentar el crimen y la economía sumergida, amén de suponer un factor que, unido a la brecha cultural, crea una gruesa barrera entre los habitantes de los guetos y los ciudadanos de a pie. En este sentido se podría decir que los guetos son como pequeñas ciudades en el seno de ciudades más grandes, dado que cuentan con sus reglas, su economía y sus propios medios para intercambiar de bienes. Pero abandonemos aquí este fascinante tema, pues analizarlo adecuadamente ocuparía varios posts enteros.

Estos colectivos marginados han existido en todas las épocas y cada ciudad ha horadado sus propios caminos para integrarlos dentro de su vida cotidiana. Pero, como ya escribía en otra parte, la evolución de las ciudades es pausada y pasa tiempo hasta que los cambios se traducen físicamente en ellas. Resulta complicado intentar un análisis general, aunque sea acotado a las ciudades de un pais o época determinados, dado que los cambios sociales, la emigración, el progreso y el resto de factores históricos imprimen atropelladamente sus huellas en aquellas, y al final solamente se puede especular sobre los factores exactos que motivaron un cambio concreto. A esto hay que añadir que el siglo XX ha supuesto una revolución para las ciudades gracias al sin par aumento de población y al progreso tecnológico, lo que embarulla aún más si cabe los intentos de análisis sistematizado. Hay que retroceder un poco y focalizarnos en una sola ciudad, o retroceder bastante más para buscar un ejemplo más general de integración de colectivos a la vida ciudadana. Optaré por la segunda opción y me decantaré por el mejor ejemplo que se me ocurre: el Imperio Romano.

Pero esto será para la siguiente entrada, dado que el objetivo de la presente era señalar la diferencia entre habitante y ciudadano, y creo que está cumplido.

miércoles, mayo 26, 2010

¿Qué es una ciudad?

En una entrada anterior he hablado de la ciudad, concretamente de unos pocos aspectos de la ciudad contemporánea española. Intentar hablar de la Ciudad como concepto general es como intentar resumir la historia universal en unos pocos párrafos. Pero me lo voy a tomar como un pasatiempo y un reto y voy a intentarlo.

¿Qué es una ciudad?

Bueno, ante todo hay que decir que los conceptos de ciudad y civilización han ido unidos durante toda la historia conocida. La ciudad es la cristalización de la civilización y es en las calles y espacios de la ciudad donde los frutos de la civilización nacen y evolucionan. Hablar de una ciudad bárbara es como hablar de un soldado pacifista o de un helado caliente. Al final una de las dos facetas en pugna sobrevive a la otra.

Sin embargo, y por hacer otra analogía, la civilización y la ciudad son como el huevo y la gallina: no se puede definir con certeza cuál de las dos dio origen a la otra, si fue la civilización la que moldeó los esquemas de pensamiento que permitieron la aparición de la ciudad, o si por el contrario, fue la ciudad la que surgió primero y alumbró a la civilización. Tal discusión es, probablemente, vana. Mi humilde opinión es que ambas son caras de la misma moneda, facetas y resultados distintos de un mismo esquema mental.

Se ha intentado acometer la complicada tarea de definir las ciudades desde muchos ángulos, económico, social, teleológico, filosófico... es complicado. Las divergencias empiezan cuando se quiere echar un vistazo a la historia para encontrar puntos en común entre ellas, y se descubre que, desde el punto de vista del concepto, hay diferencias abismales entre una medina musulmana, una polis griega, una ciudad imperial china, una ciudad-templo sumeria, o un burgo medieval. La realidad física del entorno, la estructura social, la mentalidad, la actividad comercial e industrial/artesana o el tipo de gobierno, todos modeladores del espacio urbano, varían enormemente entre los asentamientos de las diversas civilizaciones. La tarea de encontrar paralelismos entre ellos se presenta ardua.

Vamos a ver qué elementos son los comunes a todas ellas, a ver qué encontramos:

- Casas: Obvio. Una ciudad tiene viviendas para sus habitantes. Pero no es un elemento diferenciador, dado que un pueblo también las tiene.
- Calles: Los espacios entre las casas, las vías, usadas para el tránsito en la ciudad. De nuevo no constituye elemento diferenciador.
- Plazas: Lugares de reunión, de intercambio de información, de comercio, etc. Idem a los anteriores.
- Personas: Los habitantes de la ciudad. Es aquí donde tal vez se podría encontrar el elemento diferenciador.

Dice Aristóteles que "la ciudad es cierto número de ciudadanos". Hay que tener en cuenta que en la época y el lugar en los que vivió el gran filósofo era vital la asociación entre el ciudadano y la implicación en la vida pública de la ciudad, tanto que tal vínculo no ha alcanzado tal fuerza en ninguna otra época o lugar. Pero tal afirmación puede ser un buen punto de partida, dado que, aunque la sumeria Nínive, la egipcia Menfis, la japonesa Kioto, la antigua Bizancio o la romana Londinium son muy distintas a una polis griega, no es posible concebir la ciudad sin el ciudadano. Intentemos pues definir al ciudadano.

Un ciudadano es aquel que, teniendo identidad privada (individual) e identidad pública (colectiva), da cierto peso a esta última, y que, usando ambas como resortes de crecimiento personal y comunal, alumbra una conciencia cívica.

Desmenucemos. Un ciudadano tiene en un principio su identidad como individuo, que afecta a su ámbito privado. También cuenta con una identidad colectiva, un sentimiento de pertenencia a una comunidad, cuyo ámbito es lo público. La naturaleza de este sentimiento hace que el mismo constituya una contribución al colectivo de por sí, aunque el ciudadano no participe activamente en los asuntos comunitarios: aquel que se siente ciudadano ya participa de ello. Esto hace que esa identidad comunitaria gane importancia y se desarrolle según los cánones de la vida pública en la sociedad del ciudadano. Gracias a ese desarrollo, la identidad individual o privada también evoluciona y se hace más compleja, lo que termina retroalimentando a la identidad comunitaria. De la evolución de ambas identidades, fruto de la retroalimentación entre ellas, surge la conciencia cívica, patrimonio e identidad últimas del ciudadano. Demos ahora un salto y veamos cómo afecta esta división desde el punto de vista de la ciudad.

La vida en la ciudad, como la del ciudadano, también tiene dos vertientes de igual importancia: la pública y la privada.

Dentro de todas y cada una de las civilizaciones se ha dado una mezcla particular de ambas vertientes, una de puertas para dentro y otra de puertas para fuera. En la Atenas de Pericles casi toda la vida del ciudadano transcurría en su vertiente pública y ello modeló la ciudad en consecuencia. La plaza del ágora (centro neurálgico de las polis griegas), los gimnasios y teatros (zonas públicas, de relación y recreo), y la Acrópolis (centro religioso) centraban casi todo el arte y el virtuosismo arquitectónico y urbanístico, mientras que las viviendas privadas no contaban ni siquiera con los más básicos servicios sanitarios ni casi intimidad. Por el contrario, el modelo urbano del Damasco del siglo XIV (como casi todas las medinas musulmanas) sugiere que es el ámbito privado el que predominaba. Las enrevesadas y estrechas calles zigzagueban entre paredes con altas ventanas enrejadas (o directamente sin ventanas), acabando en callejones sin salida o bifurcándose sin fin. Las viviendas solían contar (en la medida de las posibilidades de los propietarios) de comodidades e incentivos para la vida privada. Lás únicas concesiones al espacio público las constituían las mezquitas (lugar de oración para los creyentes) y los bazares (artesanía y comercio).

Visto está pues que distintas culturas dan distintas ciudades y, por tanto, distintos ciudadanos. Pero, por muy distintos que sean los ciudadanos de diversas culturas y épocas, todos tienen en común una conciencia cívica acorde a su sociedad. De la suma de todas las conciencias cívicas nace lo que Fernando Chueca Goitia ha denominado el alma de la ciudad. Es en ese momento cuando un nucleo rural se convierte en uno urbano, cuando una aldea grande deja de serlo y se convierte en una ciudad.

Finalicemos pues con mi definición: Una ciudad es pues la cristalización de un alma cívica, un asentamiento humano cuyos habitantes alumbran una conciencia cívica y que utilizan sus conocimientos para transformar sus espacios de manera que sean acordes a sus expectativas e inquietudes tanto en el ámbito público como en el privado.